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ZSG


Poetry
Prose
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Samsara

You ever heard of that moment when pure enlightenment hits ya? Nirvana they call it. I ain’t met nobody who’s done it. I don’t know many bald headed buddhists or know anybody who does, so chances are slim that I ever talked to someone, or someone two degrees apart from one that’s hit upon it.

Now, they say that none of what I’ve done is conducive to reaching that elated moment. I mean all the boozing, the womanizing, the card-playing or the occasional toke of whatever you got; they say none of that is living well. From what I heard, to be fully immersed in being one with the universe, one must behave as though purity was the one sacred pathway to feeling bliss. This lady in lycra told me to treat the body like temple, so that it may receive the knowledge of unity with the whole. Truth, she called it.

I don’t really know if she had her head up her ass or if she really knew what she was talking about. She’s the kind that works out at 10am, while her husband and most people are out working. In any case, elasticity like hers has its own rewards.

Had I been born at a time before our own, I might have been a warrior. When you’re shaped like an ox, it behooves you to entertain these thoughts. It’s the politics now that made such a life forbidding for me, and the fact that there are others more foolish or brave to carry out the bloody designs of forces far beyond our control. I never understood how darkness might bring light, how the tip of a sword could herald hope for those who carry on nine to fives. It’s been a long time since it stopped making sense to follow the commands of the powerful; for all the repetition of their good intentions and how their actions would bring about a greater wellbeing, there was always murkiness and sadness that could never be redeemed. Call me cynical, or call them sinister, whatever it may be.

Not fighting and all, I took the time to think about whatever lies within me, whatever might bring peace and meaning to someone like me. I do my part as far as making ends meet goes. As I said, I indulge in my vices and I’ve drowned my senses from time to time, enough not to feel, but I don’t make it a habit, or it’s only a habit that’s a little bit dear. It’s not much more than what every man does to persuade himself that he can enjoy a life worth living, perhaps forgetting what he does for a living or the demands of a country full of broken spirits. It’s the mead after the plunder, if only we could feel proud of the trite achievements of utter submission to our status quo.

I don’t have a drinking problem.

But I must be getting old or wishful that I have not become entirely banal when I think that even I have been pierced by shards of what they call enlightenment. Like when I’ve been fucking real good, like when I’m riding her hard and the sort of elation we feel is all over every inch of us and damn near unbearably perfect. How could it get any better than that? For me and the other human being with whom I’m dissolving into the most ecstatic oblivion, what could be more ephemeral? We play with energy, my partner and I, roll it around our nakedness and raise our consciousness far beyond the planes of every day life, and I think it don’t get much better than that. What can lift you up beyond this feeling? How would you ever feel in greater unity with anything else in the universe than with the one person with whom you can really fuck?

All the yoga she’s done has really payed off, I tell you. It’s even got me thinking there’s more to feeling than I ever thought.

El día que desinstalé Candy Crush


Yo quiero pensar que quiero pasar haciendo aquello que me nace, aquello que escogería hacer si no tuviese ninguna presión de hacer aquello que me veo obligado a hacer. El problema yace en que la realidad ofrece muchas opciones para satisfacer una amplia gama de deseos sin la más mínima pretensión de trascender al solipsismo, y no se necesita mucho para hacerlo. Por ejemplo, bien pudiera pasar jugando Candy Crush, comiendo papas fritas, fumando marijuana y cada cierto tiempo poniendo un poco de porno para aupar un pajaso, como para sentir que casi fue este monólogo un dueto.

Por más grotesco el ejemplo, así se puede pasar el tiempo. Hay muchas otras opciones que se podrían añadir al repertorio actividades con las que se mata el aburrimiento. Dormir es un clásico entre quienes han querido aplacar el dolor existencial, y quien no quiere dormir un poco más? La televisión es otra substancia presta para el abuso y ahora ya se la hace con un refinamiento que pasarse semanas enteras en maratones de Breaking Bad se puede describir como un aporte a la educación cultural propia. Pasando al internet, en general, tomaría un sinnúmero de vidas recorrer todo el contenido que podría ser interesante, todas las revistas, todos los blogs, todos los vídeos, todas las noticias, todos los juegos, todas las opiniones y todo lo demás que esta ahí afuera. Todo esto lo quiero leer, ver, tocar, comer y digerir si me preguntan a mi.

Entonces es que me pregunto si no hay algo malo en hacer lo que deseo. ¿A qué me refiero con esta pregunta? En su justa medida, el buscar satisfacer algo así como lo mencionado no tendría nada de malo, pues difícilmente las actividades que he descrito tienen un valor negativo inherente. Soy partidario de la idea que el exceso se torna un vicio, y si he dedicado demasiado tiempo a todo lo anterior y lo he hecho con el afán de un adicto, soy el primero en reconocer que esto es un problema. El que me haya nacido pasar mi tiempo en un despilfarro de mi soledad es un reflejo de una falta de ambición que la podría racionalizar de varias maneras, mas no en este momento.

¿Por donde está lo malo en hacer lo que deseo? Vivimos en una sociedad en la que no solo se tolera, sino también se premia un alto grado de individualismo. Ya viene siendo algún tiempo que a la libertad se la entiende únicamente dentro del plano del individuo. Es de esta manera que se ha llegado a la perniciosa pretensión Americana de que se es libre cuando uno tiene la potestad de escoger que se consume dentro de la sociedad de consumo. Si bien me pregunto cual es la libertad fuera del contexto socio-económico que está dado, tengo que creer que se trata de algo ampliamente más radical que la burda concepción de libertad que se utiliza como instrumento político. Dado el nefasto resultado de la suma de “libertades” en el modelo de sociedad de consumo, nos urge cuestionar la definición y los límites de lo que fuera que llamamos libertad.

Pero retomando el tema, es en el individualismo que encuentro la clave de lo que me aqueja. Cuando el individualismo impera en el raciocinio ético, es fácil errar dentro del vacío moral del solipsismo. Mucho tiene que hacer el individuo para llevar a cabo una existencia más ilustrada. El cultivarse es un proyecto de vida para quien quiera hacer de su vida un arte y de si mismo un maestro. Quizás semejante emprendimiento no es para todos, pero hallo que la generalización del individualismo como parámetro ético no facilita el arte de vivir y muchas veces no sirve más que para justificar lo fatuo y lo banal.

Es por eso que me encuentro escribiendo, pues quizás en este momento pueda trascender al solipsismo nocivo en mi conducta y convencerme de que, cuando deseo transmitir mis pequeños hallazgos filosóficos, si puedo hacer, a mucha honra, lo que me nace, pues podría ser que a alguien le llegue y que algo importe. Todo lo demás, todo lo que no trascienda el egoísmo, me tendré que preguntar “y para qué?” Al deseo hay que educarlo, y si no, liberarse de él. Solo así llegaré a tener una voz como la que quisiera tener.

Sin más aliento, por ahora me contento. Seguro me preguntaré si esto también fue un ejercicio vanidoso, narcisista o banal. Supongo que la respuesta yace en saber si prefiero haber dicho algo o si no (o en si alguien le pone like a este pequeño argumento).

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